En el centro arremolinado, impetuoso y rebelde del caos originario, un mar de huevos estalló en estrellas ebrias de libertad, que abrazándose con vehemencia al azar, rebotaron para dispersarse luego en un aterrador baile cósmico y esconderse vaya a saber en cuál agujero negro. Al pasar, levantaron un viento blanco y brumoso de deshechos, que a medida que se expandía a gran velocidad, generaba cúmulos de galaxias y más cúmulos de nebulosas, que poblaron rápidamente un espacio que a todas luces parecía ilimitado.
Allí mismo, en el silencio del centro, Casiopea la Gran Madre, soñaba. Exhausta, se sentía a sí misma vacía descansando después del séptimo día. En la necesidad de recobrar su ser primigenio cerró los ojos y se plegó sobre sí-misma, dejando de lado su compulsión creativa que le llevó 432 millones de años pero que a ella en realidad le pareció un instante fugaz.
A lo lejos, vaya a saber cuánto tiempo después, un sonido seco, caliente y distante la sacó de su estupor y asomando apenas su ojo izquierdo comenzó a espiar lo que había creado. Con asombro, descubrió miles de millones de esferas cristalinas brillantes girando y perdiéndose sin rumbo en el horizonte de la noche cósmica. Atrapada por la visión, ensimismada, percibió apenas allá lejos, que uno de los soles de una lejana galaxia común y corriente le guiñaba descaradamente un ojo en señal de bienvenida. Giró la cabeza cautelosamente (cualquier movimiento brusco era una catástrofe), y vio un planeta diminuto envuelto en un resplandor azul silente, bellísimo.
Encabezados por Júpiter, los demas planetas celosos, trataron de esconder la Tierra de la gran madre, pero la Luna, su tataranieta bizca, al darse cuenta de que la estaban mirando, lanzó un destello de luz sobre las aguas, y el rocío plateado atrajo tan irresistiblemente a Casiopea que desde ese momento no quiso otra cosa que bajar ella misma a comprobar el esplendor de aquello que llamaban agua sobre la Tierra. ¿Qué era eso del agua?
Le pidió prestado a la Luna, que esa noche estaba plenamente embarazada, uno de sus hilos y ésta, que a pesar de ser bizca era todo corazón, le ofreció su mejor rayo: el “Alicia”. Lentamente, como corresponde a la esencia de una gran tortuga, a medida que bajaba recostada en el Alicia, su gigantesco caparazón se fue achicando a una millonésima parte de su tamaño original y todo su cuerpo se fue deslizando suavemente sin hacer el menor ruido.
Lo primero que le llamó la atención fue el sonido del aire. No era el viento en sí lo raro, ella había sufrido la insolencia de vientos cósmicos que habían desparramado sus huevos por todo el espacio, sino ese sonido sibilante incómodo, que levantaba espuma, repartía vapor, y que en vez de murmurar y partir con su ráfaga de chismes, se quedaba dando vueltas en redondo casi en el mismo lugar molestando incansablemente a cuanta creatura se le acercara.
Conservando el rayo mágico para poder volver al espacio cuando le apeteciera, palpó con un dedo las aguas y en vez de sentir algo sólido como sus huevos o inconsistente como la gravedad del espacio que la contenía, el agua la envolvió fresca y dulcemente y la animó a dejarse caer en la superficie azul.
Se dejó llevar por las olas y flotó aletargada por la cadencia del ritmo, en tanto que el viento que hasta el momento solo había estado ensayando, finalmente se calmó y desplegó una suave melodía a la que se sumaron sus mil hermanos y así, de repente, se vio envuelta en una sinfonía grandiosa e inédita de bienvenida. Se unió al coro con un aullido profundo de agradecimiento que sacudió la Tierra y luego sin más, se sumergió en la profundidad azul sin miedo, porque, pensó, finalmente todo es solo una parte de mí misma. Se sentía envuelta por una masa oscura y pesada. Cerró los ojos y esperó. Un suave calor en sus parpados la convenció de que sus ojos de cielo también veían a través del agua. Con ayuda de la luna, atisbó el ballet de las sardinas en perfecta formación, el asombro de los salmones, la hostilidad del pequeño tiburón, y la curiosidad de todos aquellos que percibían su resplandor. Flotó con las medusas y las algas, huyó con los pulpos, y meditó con los corales, mientras observaba detenidamente el despliegue de la gracia inigualable de la vida del mar. Una corte brillante y serena de cardúmenes plateados se unió a su paso, consciente de su presencia única allí, hasta que, precedido y rodeado por una luz blanca, se abrió paso Lucius, el Rey de los Sueños. Así se presentó él con una reverencia y así lo reconoció la Gran Madre.
Lucius tenía mucho trabajo. Le contó a la Gran Madre que tejía sueños para cada uno de los hombres que habitan la Tierra envolviéndolos en un manto de bruma para que no los cegara, y cómo cada sueño escondía un secreto especial. Tenía un depósito de llaves que las personas descuidadamente tiraban al mar y todas las noches iba de acá para allá entregando los sueños y la llave. Además, de día, en su tiempo libre tenía que reflexionar. En ese tema, la colaboración de Sofía su mujer, era imprescindible. Ella sabía a quién le correspondía cada sueño, en qué momento y para qué. Porque él, Lucius, era responsable de que cada uno de los sueños tuviera realidad.
¬ ¿Pero cómo realidad? preguntó la gran madre.
¬ Sí, le dijo Lucius, realidad del alma y coherencia interna, por eso les doy la llave. Pero muy pocos aprecian mis dones. Reconozco que los sueños que les llevo no son evidentes. ¡Pero no puedo hacer otra cosa! Los hombres tampoco están dispuestos a tomarse el tiempo necesario para descifrar su secreto. Sin embargo, hay excepciones. Unos pocos los tienen en cuenta y perseveran, y a ellos les esta concedido una millonésima parte de ese polvo de luz que circula por el universo. Eso justifica mi existencia en el mar.
Y sin más, se irguió en la proa de un barco hundido aprovechando la abundante concurrencia, y recitó lo siguiente:
Casiopea conocía bien el estado de “sueño”, porque fue justamente en ese estado, en que eyectó los millones de huevos que luego se habían convertido en el universo…Lo que ignoraba casi por completo era la realidad. ¿Qué era esto de la realidad? ¿Qué era lo que ignoraba? Antes ni siquiera se había dado cuenta que ignoraba algo…Esta era la primera vez que tenía la sensación de “no saber”, algo que sentía físicamente en la boca del estómago como un vacío…pero no tuvo mucho tiempo para quedarse pensando pues acto seguido, estalló un impresionante remolino de aplausos (no estaba muy segura si porque era el Rey o porque les había gustado realmente su actuación) y Lucius finalmente se acordó que su Reina lo estaba esperando.
Abrió la boca con un silbido agudo y aparecieron al instante: Corriente fría y Corriente cálida, dos delfines que los llevaron en honda exhalación al palacio de la Reina Sofía. La audiencia se dispersó. Todos sabían que la Gran Madre iba a presentar sus respetos a la Reina.
El palacio, un gigantesco pero sencillo caracol de sal, irradiaba una tenue luz cálida. La reina recostada sobre un colchón de algas, esperaba paciente. No se sabe bien de qué hablaron pero los que pudieron presenciar la entrevista de lejos, cuentan que la Reina le pidió a la Gran Madre que le hablara del Cielo y a su vez esta le pidió a la Reina que le contara los secretos de las profundidades del mar. Hablaron de sus hijos, de sus nietos, de sus bisnietos…hasta que se quedaron dormidas frente a una copa de vino y un suspiro de placer.
La Reina Sofía tenía dos colas, pero no había nacido con las dos. La plateada era su cola original, y la negra le había ido creciendo poco a poco través de los siglos, a medida que fue tomando en cuenta sus ansias de poder, su vanidad, su ira, su soberbia… Tenemos que admitir que tenía un talento especial para sostener el crecimiento de su cola sin ponerse triste, pero finalmente después de muchos conflictos, sus dos colas se habían convertido en un solo cuerpo radiante plateado y negro sobre el cual en el mar no cabía discusión. Su palabra se había vuelto medida y oportuna y predominaba en ella siempre la compasión antes que la Verdad. Porque, ¿cuál era la Verdad?
Todos los habitantes del mar sabían que podían contar con ella para hablar y resolver sus pesares y reinaba humilde y paciente, sin prestar mucha atención a las amenazas continuas del tiburón.
A pesar de esto la seriedad no era su fuerte. Lo que más le gustaba era que su prima la ballena, la viniera a buscar y la llevara a pasear sobre su lomo. Le mostraba los nuevos barcos hundidos, los nacimientos recientes, la basura con que los hombres estaban intoxicando el mar, y finalmente la llevaba hasta la superficie y la hacía saltar sobre su chorro, cosa que a la Reina le causaba un intenso placer: sentir el aire aunque sea pasando por algunos minutos de terror. No era cosa de dejarse atrapar tampoco, así es que la ballena venía muy de vez en cuando, si sabía que los hombres no habían tirado las redes al mar.
La Gran Madre estaba allí a sus anchas, pero ella había bajado a conocer la realidad de todo el planeta, así es que con un suspiro de resignación y otro de agradecimiento, partió hacia la playa. Antes de irse, Sofía le regaló algo que ella estimaba fundamental para el caso: un par de zapatos. Aquellos zapatos, le explicó Sofía, eran especiales, si se dejaba guiar por ellos conseguiría aquello que iba a buscar.
Lucius se ofreció a acompañarla hasta una cierta profundidad, y antes de dejarla le habló así:
¬ Gran Madre, nuestro padre el Sol a veces se pone muy pesado y nos carga con su intenso amor, sería bueno que tome de su constelación una estrella y se cubra la cabeza. Le recomiendo a Segin. Ella posee una antena cósmica que en caso de que usted se vea en apuros, tiene la capacidad de comunicarse conmigo para que yo le mande un sueño que la ilumine y la acompañe. Nuestro corazón estará siempre con usted.
Y con estas palabras volvió a su trabajo.
Llegó a la playa de noche, y tuvo tiempo suficiente para encontrar reparo en una gruta, calzarse allí los famosos zapatos-de-la-curiosidad, y cubrirse la cabeza con Segin, el sombrero de los sueños.
Cuando despuntó la luz tomó su bastón de luna y comenzó a caminar por la playa en medio de los gritos de despedida un tanto histéricos de las gaviotas. En ese momento tomó consciencia del poder de aquellos zapatos: la llevaban prácticamente solos hacia adelante quien sabe dónde. No le importó, podía empezar por cualquier lado.
El primer obstáculo fue una barda. ¿Cómo subiría aquello? Caminó por la arena lentamente buscando un paso y finalmente guiada por las lagartijas que siempre parecían saber dónde iban sin detenerse, encontró un pequeñísimo cañadón con un riachuelo. Lo bordeó, atravesó piedras, y encontró un sendero en subida que la condujo a lo alto de la meseta. Allí el insistente viento vino a hacerle compañía.
Por todo se maravillaba, admirada de las consecuencias impensables de su creación. Los chimangos fueron los primeros en hacerse oír, luego las mulitas buscando desayuno, las hormigas, los teros, en fin, un mundo de seres con los cuales se hubiera sentado a charlar con gusto, aunque fuera solo para saber qué era lo que tenía con ellos en común; si no hubieran pasado rápidamente, cada uno encerrado en su propio hacer sin siquiera la intención de saludar. Sin embargo lo que más le llamó la atención era que en este mundo ella, o sea la Gran Madre era una desconocida. Nadie había venido a recibirla, todos pasaban a su lado ignorantes, distraídos. Con su amor propio un poco abollado, siguió camino despacio, cosa de tener tiempo para pensar, y poniéndolo de lado, pensó que, así como estaba aprendiendo cosas sobre la Tierra, también estaba comprendiendo cosas sobre sí misma, y con esta reflexión siguió viaje atenta a las cosas que ocurrían a su alrededor.
Pasado un tiempo la cháchara inconsistente del viento se volvió insoportable, pero no se animó a sacárselo de encima y aguantó, no fuera a ser que de entre todas esas palabras fútiles brotara alguna vez una información útil. El primero que mostró algún interés fue el zorro. Escondido detrás de un chacay, la observó mientras se acercaba y una vez que llegó a la conclusión de que no era un almuerzo apetecible, (la caparazón le pareció un serio obstáculo), decidió sacar el mejor partido de este encuentro y con la mejor de sus sonrisas le preguntó sin más a dónde se dirigía.
¬ Voy a conocer la realidad de este mundo, le dijo la tortuga.
¬ ¿Y cuál otro mundo hay sino este?
¬ Oh! Hay muchos mundos posibles! Le dijo la tortuga. Pero el zorro pensó que le estaba macaneando, el tema no le interesaba y la miró con recelo.
¬ ¿Quién más habita esta tierra?
¬ Bueno,- dijo el zorro, hay muchos hombres, pero no por estos lados. Aquí no crecen cereales y por eso los hombres no se instalan, solo pasan de largo. Pero hay un León, llamado Raimundo que vive en una cueva, a quién todos debemos respeto y del cual procuramos mantenernos alejados. También hay guanacos que temen por su vida ya que a los hombres les gusta su piel, hay mulitas, lechuzas, tucu-tucus muy sabrosos, y a veces se ven unos ñandúes asustados corriendo por ahí.
Y viendo que no podía sacar ninguna ventaja de su relación con la tortuga, rápidamente se dio media vuelta y se fue sin siquiera despedirse.
La Gran Madre que leía los pensamientos del zorro, así como los del chacay, se dijo a sí misma que este zorro no era tan amistoso como el del Principito…que la realidad no era exactamente como ella había esperado, y que el misterio de las almas era insondable… Pero esto el viento no lo sabía y ella no lamentó su ausencia. En cambio, miró detenidamente a su alrededor. Lo que vio fue un vasto espacio desierto extendiéndose sin horizonte. El ascetismo del paisaje le dolió a gritos. ¿Dónde estaba el agua de vida aquí?
Finalmente, acompañada por los chismes del viento, decidió seguir un camino de ripio que ostentaba un cartel amarillo que decía: “CAMINO SINUOSO”, y sí que lo era, pero no entendió nunca bien porqué, dado que miraba a su alrededor y todo lo que veía era una extensión infinita de tierra agrietada salpicada de neneos, donde el camino muy bien hubiera podido ser recto y ahorrarse el trabajo de las vueltas. A lo mejor el camino de acceso al alma era así: sinuoso. Finalmente, a lo lejos divisó un grupito de acacias y enfiló hacia allí con la intención de descansar un rato a la sombra.
Se despertó de noche y decidió seguir su camino. La luna, el silencio y el viento fueron sus compañeros por muchos días, meses, años...excepto por los ñandúes que, tenía razón el zorro, se los veía corretear allá lejos por cualquier pavada inusual. Supo así lo que era la soledad, lo que era la resistencia, lo que era estar perdida, agotada, aprendió a replegarse sobre sí misma cuando rondaban los pumas, soportó el polvo de los hombres-autos que pasaban sin compasión, supo lo que era tener sed: sed de amor, de justicia, de perdón…En resumen, con el tiempo se volvió reflexiva y compasiva por momentos y otras veces fría y distante para poder sobrevivir.
Aun así, de noche, cuando levantaba sus ojos al cielo, se sentía un solo ser vibrando con ese cosmos único del cual formaba parte:
como madre pero también como hija;
como germen pero también como fruto;
como origen pero también como consecuencia;
como ciego inconsciente pero también como necesidad consciente.
Con el tiempo se había percatado de que su alma, y las almas de todos los que habitaban la tierra no estaban solas pero ¿dónde estaba el alma del cosmos?
Ese pensamiento despuntaba una tenue luz de esperanza.
De tanto caminar y pensar; pensar y caminar llegó al borde de la meseta y vio maravillada a lo lejos los primeros picos de la pre-cordillera sombreados por un fino polvo blanco.
Con cuidado emprendió el descenso de la meseta. Los gritos histéricos de una lechuza la hicieron tropezar y rodar hasta el valle. Cuando logró enderezarse ayudada por el morro de un pequeño guanaco, se caló nuevamente el sombrero, recuperó su bastón y se sentó en una piedra para poder escuchar mejor los reclamos de la lechuza, que recitó a gritos lo siguiente:
¬ El valle y el río son la frontera de las tierras del León y no puedes pasar a menos que pagues tres impuestos: El primero: No puedes pensar, solo debes obedecer. El segundo: Haz lo que yo te ordeno. Y el tercero: No harás preguntas, ni a ti mismo ni a nadie, y menos aún a Raimundo el León.
La tortuga pensativa, preguntó a la lechuza:
¬ ¿Cómo te llamas?
¬ Casandra.
¬ Lo siento mucho Casandra, no tengo dinero para pagar los impuestos, pero de todas maneras necesitaría hablar con Raimundo, mi misión es comprender la realidad de este mundo y de mi misma, ¿dónde lo puedo encontrar? Si es un Rey, seguramente posee infinitos conocimientos de este mundo y del otro, me podría enseñar…
Todas las plumas de la lechuza se erizaron, su voz chillona casi enloquece:
¬ Solo yo hablo con el León. Nadie más.
Raimundo y Casandra hace años tenían un acuerdo. Raimundo vivía en una cueva escondida en un recoveco de la montaña, pero nada temía más que ejercer su poder. Estaba cansado de luchar y tenía miedo. ¿Y si me equivoco? ¿Y si soy injusto? ¿Y si me quedo solo? Para estar tranquilo, necesitaba alguien que lo previniera de los posibles peligros. Se le ocurrió así contratar a la lechuza que, al tener su nido en la rama más alta de una vieja araucaria y ver mejor de noche que de día, vigilaba las fronteras del reino, lo mantenía al tanto de todo y lo protegía de probables intrusos cuya curiosidad podía ser peligrosa. Como compensación, había nombrado a la lechuza: “Gran Chambelán”, y no le faltaba comida aunque sí había perdido gracias a esto, todos sus amigos verdaderos.
Evidentemente la realidad no solo era un misterio bien guardado, sino que era más complicada y violenta de lo que había imaginado. Deseaba con fervor conocer a Raimundo, recorrer su reino y comprender su realidad, pero… no estaba dispuesta a pagar los impuestos. Es más, aunque tuviera el dinero, los impuestos eran absolutamente incompatibles con su misión. ¿Si no preguntaba, como podría incluir nuevas experiencias? ¿Si no se cuestionaba sobre el mundo y sobre sí misma como podía empatizar? Se quedó pensando largo rato. La lechuza impaciente porque la Gran Madre no se decidía, se lanzó en picada hacia la piedra y la persiguió a picotazos.
Tristemente, abandonó aquellas tierras rebotando en la tan famosa realidad seca, dura y fría como tierra escarchada. ¿Cabría esa misma dureza en su corazón? ¿Qué era lo que se estaba negando a sí misma? Porque todo finalmente era una parte de ella misma…
Mientras tanto reflexionaba: en el mar del inconsciente ella era alguien, protagonista de lo que su destino la impulsó a Ser. Pero en el mundo de la realidad de la consciencia, ella no era nadie, o, mejor dicho, era una más entre tantos seres vivos que luchan por sobrevivir. ¿Cuál de los dos era su verdadero Ser? ¿O eran ambos?
Se sentó sobre un canto rodado limado por el viento, la cabeza gacha, y se dejó acariciar por su hijo el Sol que sabía de sus penas. La ingenuidad de la ignorancia se pagaba caro. ¿Qué hago ahora? ¿Dónde voy? Como al azar, fijó la vista en la punta de sus zapatos y recordó la paciencia y la entereza de Sofía. Recordó también que se debía dejar llevar por sus zapatos sin chistar y más reconfortada, se dispuso a esperar que ellos decidieran su destino.
Se refugió en su caparazón a oscuras durante tres días y tres noches antes de que un hormigueo en los pies le recordara que tenía que seguir. Poniéndose nuevamente de pie con su bastón y su sombrero, el primer rayo de sol de la mañana la decidió a emprender el camino hacia occidente siguiendo el recorrido del sol. Toda vez que se desviaba sin querer hacia las tierras del león, aparecía amenazadora la lechuza. Casi sin querer, el camino empezó a subir y se hizo más estrecho. Era el sendero que, según el cuis, cruzaba la cordillera. Trataba de no mirar hacia su izquierda, pues a medida que subía, el precipicio se iba haciendo cada vez más profundo.
Curva tras curva, de repente, aterrada, se tropezó con Raimundo el león que con paso lento y esforzado salía de su gruta. Una gran herida todavía abierta supuraba sobre su pata delantera. Sorprendido en su secreto estaba dispuesto a tragársela de un bocado, pero al ver la tortuga indefensa, a pesar de su dolor, y contra todas las probabilidades, se sentó. Alrededor de su cabeza, su crin dorada coronaba un gesto de enojo y cansancio a la vez. Observó la mirada asombrada e inquisitiva de la tortuga y le dijo:
¬ Madre, a pesar de todo ¡eres bienvenida! Hace mucho que no veo a nadie por aquí. Como has visto estoy solo y llevo enfermo mucho tiempo. No he encontrado a nadie que pueda curarme y he desistido encerrándome en mi cueva manteniéndome alejado de todo contacto.
Cuando recobró el aliento, Casiopea conmovida, acomodó sus prejuicios de un plumazo, y le dijo:
¬ Siento mucho haber invadido tu privacidad, he llegado hasta aquí con la intención de comprender la realidad que me rodea y lo que pasa en mi corazón, y supuse que tú me podías ayudar, pero no imaginé nunca que tú mismo podías estar enfermo…. dime, ¿me puedes contar como has recibido esta herida?
¬ Desde que tengo recuerdo comparto mis tierras con una vecina deforme, rencorosa y violenta que devora todo lo que tiene a su alcance. Tiene muchas cabezas, pero cada vez que consigo arrancarle una, le brotan ahí mismo otras diez. Muchas veces intenté batallar con ella. A veces, creía que la había vencido pero luego caía en cuenta que todavía estaba allí, igual o más viva que al principio. Su veneno me dejó ésta herida que no se va a curar nunca y con ella tengo que vivir lo que me queda de existencia. Es por esto que me aíslo. Pero tú eres bienvenida, siento que puedo confiar en ti. Hacía mucho que no hablaba con alguien de mis penas más profundas.
Se contaron lo mejor y lo peor de ambos mundos por horas. La Gran Madre feliz porque estaba cumpliendo su misión y Raimundo aliviado de que alguien lo escuchara con tanta atención y lo comprendiera con tanta sabiduría. Y hubieran seguido así hasta el día siguiente de no ser por Casandra, que cuando se dio cuenta de lo que estaba pasando, arremetió furiosa contra su caparazón y a fuerza de picotazos la hizo caer rebotando al terrible precipicio.
Cayó, cayó y cayó pegando contra las rocas por un tiempo interno interminable imposible de medir. Finalmente quedó enganchada en los restos de un maitén. Cuando pudo recobrar la consciencia, vio no tan lejos, un tétrico pantano a la sombra de un gigantesco ciprés. Del pantano salieron primero unos tentáculos, los tentáculos formaron un nudo, del nudo emergieron cabezas, y en aquellas cabezas fulguraban unos ojos que mirando con ardor en todas las direcciones no dejaba nada oculto ni vivo. No tuvo compasión con ella tampoco, ¡con la Gran Madre!
Pero en ese momento todo su ser se reveló. Supo lo que tenía que hacer. Le sostuvo la mirada firmemente y vio en el fondo de sus ojos inyectados de furia una lágrima cristalina en forma de flor. Sorprendida en su profunda debilidad, la Hydra se replegó sobre sí misma y se hundió en menos de un segundo nuevamente en el pantano. Casiopea respiró nuevamente. ¿Hasta cuándo?
El tiempo dejó de medirse en días y noches, y pasó a ser la aptitud para asumir el mal propio y ajeno. Porque finalmente todo era solo una parte de ella misma.
La Hydra (a veces le decían el “complejo”) era prima hermana del Mal. Sus padres los habían criado juntos pero, como era de esperar, no pasó mucho tiempo antes de que ambos primos fueran tomados por la ira y no se quisieran ver más. Sin embargo, siempre estaban dispuestos a negociar cuando de hacer algún daño se trataba.
El Mal había encontrado una vivienda cómoda en el fondo de un volcán que reinaba desde el océano. Sus fauces se habían convertido en una isla desde la cual podía alcanzar cualquier punto de la tierra fácilmente, manteniéndose latente a la vez en la profundidad del océano (cosa que Casiopea no advirtió en su primera visita). Alimentaba diariamente los pequeños volcanes vecinos de orgullo, soberbia, envidia, vanidad, ira, que se las ingeniaban para explotar con o sin su permiso. Nadie pronunciaba su nombre, estaba terminantemente prohibido. Una gran serpiente enroscada en su base le soplaba los horrores más sublimes. Cuando se cansaba de pequeñeces, organizaba una guerra mundial, o una pandemia. Conocía las debilidades de los hombres a la perfección y se las ingeniaba para alimentar su vanidad a costa del daño.
La Gran Madre estuvo colgada del maitén por varios meses. Pasado el primer momento, se le ocurrió que la situación ameritaba la ayuda de Lucius. Le mandó un mensaje a través de Segin y esperó.
Esa noche soñó que estaba pintando un plato enorme redondo con un gran pincel. Del cielo caían unas cintas redondas color naranja que se mecían con el viento y se ubicaban lentamente en el plato. Mientras tanto ella pintaba muchísimas escaleras dentro y fuera de las cintas.
No tenía muy claro qué tenía que ver aquello con la situación, pero igualmente se sintió reconfortada y aplacó el terror que la había paralizado. A lo mejor…lo de las escaleras…
Le dio la espalda a la Hydra y mientras cicatrizaban sus heridas, se dedicó a observar detenidamente los accidentes de la pendiente y a planear un camino de subida con todo detalle para no resbalar. Le hubiera gustado tener un diálogo con ella antes de irse, pero lo pensó mejor y se dio cuenta que no era el momento. Quizás más adelante.
Una mañana, intempestivamente, emprendió la subida. No pudo evitar resbalar de vez en cuando, pero a la larga se fortalecieron sus patas y de paso… el ánimo. Mucho tiempo le llevó volver a casi el lugar desde donde había caído, pero finalmente lo logró. Recobró el aliento y se dispuso a continuar cruzando la vasta cordillera. Pero ahora sintió que ya no estaba sola, sino acompañada por todos aquellos que habían formado parte de su destino. ¡Incluida Casandra y la Hydra!, que siempre presentes, la obligaban a encontrar una nueva manera de convivir. ¿Por qué será, pensó, que esta huella por momentos, parece ser la más solitaria y la menos transitada?
(Continuará)